sábado, 5 de junio de 2010

Vida Fraterna

LA VIDA FRATERNA EN COMUNIDAD
«Congregavit nos in unum Christi amor»

INTRODUCCIÓN

«Congregavit nos in unum Christi Amor»

1. El amor de Cristo ha reunido a un gran número de discípulos para llegar a ser
un sola cosa, a fin de que en el Espíritu, como Él y gracias a Él, pudieran
responder al amor del Padre a lo largo de los siglos, amándolo «con todo el
corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6,5) y amando al prójimo
«como a sí mismos» (cf Mt 22,39).
Entre estos discípulos, los reunidos en las comunidades religiosas, mujeres y
hombres «de toda lengua, raza, pueblo y tribu» (Ap 7,9), han sido y siguen
siendo todavía una expresión particularmente elocuente de este sublime e
ilimitado Amor. Nacidas «no del deseo de la carne o de la sangre» ni de
simpatías personales o de motivos humanos, sino «de Dios» (Jn 1,13), de una
vocación divina y de una divina atracción, las comunidades religiosas son un
signo vivo de la primacía del Amor de Dios que obra maravillas y del amor a Dios
y a los hermanos, como lo manifestó y vivió Jesucristo.
Dada su relevancia para la vida y para la santidad de la Iglesia, es importante
tomar en consideración la vida de las comunidades religiosas concretas, tanto
las monásticas y contemplativas como las dedicadas a la actividad apostólica,
cada una según su propio y específico carácter. Lo que se dice de las
comunidades religiosas se entiende referido también a las comunidades de las
sociedades de vida apostólica, teniendo en cuenta su carácter y su legislación
propia.
a) El argumento de este documento tiene en cuenta un hecho: la fisonomía que
hoy presenta «la vida fraterna en común» en numerosos países manifiesta
muchas transformaciones con respecto al pasado. Tales transformaciones, así
como las esperanzas y desilusiones que han acompañado y siguen
acompañando este proceso, requieren una reflexión a la luz del Concilio
Vaticano II. Ellas han llevado a efectos positivos, pero también a otros más
discutibles. Han puesto de relieve no pocos valores evangélicos dando nueva
vitalidad a la comunidad religiosa, pero también han suscitado interrogantes por
haber oscurecido algunos elementos típicos de la misma vida fraterna vivida en
comunidad. En algunos lugares parece que la comunidad religiosa ha perdido
relevancia ante los religiosos y religiosas, y que no es ya un ideal que se deba
perseguir.
Con la serenidad y la urgencia de quien busca la voluntad del Señor, muchas
comunidades han querido valorar esta transformación para corresponder mejor a
la propia vocación en el pueblo de Dios.
b) Son muchos los factores que han determinado los cambios de que somos
testigos:
• El «retorno constante a las fuentes de la vida cristiana y a la inspiración
primitiva de los Institutos»(1). Ese encuentro más profundo y pleno con el
Evangelio y con la primera irrupción del carisma fundacional, ha sido un
vigoroso impulso para adquirir el verdadero espíritu que anima la
fraternidad y para hallar las estructuras y los usos que han de expresarlo
adecuadamente. Allí donde el encuentro con estas fuentes y con la
inspiración originaria ha sido parcial o débil, la vida fraterna ha corrido
riesgos y ha llegado a una cierta atonía.
• Pero este proceso ha tenido lugar también dentro de otros cambios más
generales que son como su marco existencial, a cuyas repercusiones no
podía substraerse la vida religiosa(2).
La vida religiosa es una parte vital de la Iglesia y vive en el mundo. Los valores y
contravalores propios de una época o de un ámbito cultural, y las estructuras
sociales que los manifiestan, afectan a la vida de todos, incluida la Iglesia y sus
comunidades religiosas. Estas últimas o son un verdadero fermento evangélico
en la sociedad, anuncio de la Buena Nueva en medio del mundo y proclamación
en el tiempo de la Jerusalén celeste, o sucumben con una agonía más o menos
prolongada, simplemente porque se han acomodado al mundo. Por eso, la
reflexión y las nuevas propuestas sobre «la vida fraterna en común» deberán
hacerse teniendo en cuenta este marco referencial.
- Sin embargo, también la evolución de la Iglesia ha ejercido un influjo profundo
en las comunidades religiosas. El Concilio Vaticano II, como acontecimiento de
gracia y expresión máxima del talante pastoral de la Iglesia en este siglo, ha
influido decisivamente en la vida religiosa, no sólo en virtud del Decreto Perfectæ
Caritatis, a ella dedicado, sino también gracias a la eclesiología conciliar y a
todos los documentos del mismo.
Por todas estas razones el presente documento, antes de entrar directamente en
materia, comienza dando una rápida mirada a los cambios acaecidos en los
ámbitos que han podido influir más de cerca en la calidad de la vida fraterna y en
los distintos modos de vivirla en las diversas comunidades religiosas.

No hay comentarios: